EDITO

ED. Abajo el PCC, arriba Dios

Por Zoé Valdés/El Debate.

Si de algo están hartos los cubanos, que por estar hartos ya no se aguantan ni ellos mismos enmarcados en esa calma chicha que otros quieren endilgarles y encasillarlos, sea por ignorancia, sea por hijoeputancia, es de los símbolos del comunismo. Abajo los símbolos, una expresión de rechazo hacia aquellos elementos que representan imposiciones o estructuras ajenas, en este caso representando una rémora de aquel sovietismo que nos colonizó, nos esclavizó, nos doblegó, nos mató el espíritu. Estamos presenciando una manifestación de asco tan grande como precisa, utilizada en distintos contextos, pero que refleja un deseo impetuoso de libertad y autenticidad.

Hace unos días los cubanos asaltaron por primera vez una sede del PCC, entraron, no robaron nada, sólo lanzaron con furia objetos desde el interior a través de las ventanas, y luego incendiaron el lugar; mientras lo hacían clamaban gritos de libertad, añadían que no querían diálogo, sino libertad. Se referían a las presuntas conversaciones o negociaciones con Estados Unidos que el títere Miguel Díaz-Canel había anunciado horas antes. Era evidente que deseaban también demostrarle a Estados Unidos que no aceptarían ninguna negociación con el castrismo, nada de nada con los mismos que los han sumido durante décadas en la miseria, con los que los han perseguido, reprimido, encarcelado, torturado, fusilado a familiares y amigos, asesinado, y exiliado a miles de inocentes.

Los cubanos de Morón se hartaron del régimen, aunque tengo la impresión que también se cansaron de ese silencio espectral que el Gobierno de Estados Unidos guarda con relación al destino de la isla –como siempre han hecho desde 1902, actuar por nosotros sin consultarnos. El pueblo de Morón se volvió a lanzar a las calles con una determinación nunca vista, esa intrepidez solitaria que sólo puede conducir a un final radical. Y eso es lo que necesitamos que suceda con el castrismo, que sea eliminado drásticamente mediante el más rotundo de los finales.

Entre los manifestantes la mayoría son jóvenes, muchachos y chiquillas; hay cuatro desaparecidos hasta ahora, entre ellos una jovencita y un niño de quince años que fue alcanzado por un balazo de un esbirro del régimen. Nada en concreto sabemos de su paradero, los tres seguramente estén detenidos, del niño herido ya anunciaron su muerte, nada más. Las madres saben que sus hijos se lanzan a las calles por su propio futuro, no los detienen, ellas ya lo hicieron antes y aunque saben que no condujo más que a largas condenas carcelarias, a mayor represión, a violaciones y torturas –me refiero por supuesto a las que sobrevivieron– tampoco ignoran que no hay opciones aparte de la de enfrentar a los bestias.

Tengo la impresión de que algo muy superior, en el orden espiritual, ha dictado a los cubanos la orden de reaccionar de manera coherente y retadora con relación a su situación, y esa forma lógica que pareciera arrebatada conviene con el nivel de soledad en la que nos han abandonado.

Según un vídeo que ha surgido de un joven Donald Trump refiriéndose de forma muy clara a Cuba, al castrismo y a Fidel Castro, podemos intuir que su pensamiento no ha variado; es probable que por su parte Marco Rubio conozca perfectamente lo que se debiera hacer con la tiranía castrista: desaparecerla de cuajo. Al mismo tiempo presiento que algo se está interponiendo, impidiendo que se produzca esa intervención tan urgente y necesaria.

Lo cierto es que los cubanos ha comprendido que están solos, que deben conquistar su libertad en soledad por ellos mismos, que nadie irá a liberarlos y mucho menos a defenderlos. Los entiendo, porque he estudiado durante décadas las distintas reacciones de los cubanos. Ya no pueden más, como en el final de aquella novela de Guillermo Cabrera Infante: «Ya no se puede más…»…

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