Cultura/Educación

LGI. Monstruo Lezama

Por Nieves B. Jiménez/La Gaceta de la Iberosfera/Ideas.

A veces la vida te regala una joya de forma inesperada. Una joya que agita tus sentimientos y bucea en los misterios del olvido: José Lezama Lima: una biografía (Pre-Textos), del editor, traductor y ensayista Ernesto Hernández Busto –Mito y revuelta. Fisonomías del escritor reaccionario (Turner, 2022); Hoguera y abanico (Pre-Textos 2018), entre otros–. Y no exagero si digo que estamos ante el hito literario de las letras hispanas sobre uno de nuestros escritores fundamentales. En este primer volumen dedicado a los años de formación (1910-1939), además de hacer un recorrido por el siglo XIX cubano –fundamental para entender la figura de Lezama Lima–, la lucidez desencantada y contar la creación de la revista Orígenes, entre otros avatares, nos acerca a las estancias cubanas de García Lorca, Juan Ramón Jiménez y María Zambrano. Una obra que se lee de forma agradabilísima, como no podía ser de otra forma dado el gran escritor que es también Hernández Busto, que en esta primera entrega de tres tomos ha logrado conformar una idea concluyente sobre el trayecto vital y literario de José Lezama.

-Lezama Lima dijo «no tengo biografía ninguna». ¡Y ahora nos llega usted con tres tomos biográficos que suman más de mil páginas! Y eso que no tenía biografía… Este trabajo le ha llevado más de 20 años, ¿cuál ha sido la tarea más difícil a la hora de escribir esta biografía? ¿La documentación, tal vez? ¿Cuál ha sido el mayor desafío a la hora de enfrentarse a Lezama Lima?

Creo que lo más difícil ha sido desafiar una tradición, la cubana, que tiene muy pocas obras biográficas. Nos falta algo que se da por sentado en la tradición anglosajona, por ejemplo. Puedo entender la voluntad de Lezama por borrar su vida para proponer una posteridad centrada en su obra, pero eso no deja de ser una forma de coquetería. Todos los escritores tienen biografía, y si bien es lógico que el proyecto literario de Lezama niegue el determinismo biográfico a lo Sainte-Beuve, creo que para entender algunas obras y posiciones de Lezama es importante atender a sus circunstancias vitales. Lo que hagamos luego con ese conocimiento depende de las diversas maneras de entender la literatura. Yo creo, como aseguraba Proust en contra de Sainte-Beuve, que un libro es el resultado de un yo diferente de la persona que se manifiesta en la vida cotidiana y en sociedad. Pero esa persona o máscara literaria no deja de ser una modulación compleja del escritor y su circunstancia. Al final, el hombre es, como decía Stevenson, una comunidad organizada de personalidades independientes.

Para mí lo importante no era demostrar una hipótesis sobre su vida o su personalidad. He preferido algo más complejo, que es colocar a la persona dentro de las circunstancias de su tradición. La extensión del libro obedece, no sólo a que es la primera biografía de un autor fundamental, sino a que son muchos y complejos los pormenores que enmarcan esa obra y su ambición. Lezama es el gran monstruo de la literatura cubana. Monstruo en su sentido original: criatura anómala, prodigio o único ejemplar de su especie. Como ya he dicho antes por ahí, para escribir su biografía era necesario hacer un poco la historia de la cultura cubana.

Dificultades ha habido muchas a lo largo de dos décadas: he tenido que viajar a consultar varios archivos, entrevistar a gente esquiva, pagar a personas en Cuba (tengo prohibida la entrada a la isla por mis posiciones políticas) para que me encontrasen documentos o me fotografiaran cosas que necesitaba, discernir entre una maraña de versiones… Pero también he contado con la ayuda de muchas personas que entendieron la importancia del proyecto.

-Una de las citas que abren el volumen es «no olvides que todo poeta es un farsante». Eso dice Lorenzo García Vega que le dijo Lezama. Una biografía nos lleva a descubrir tanto las carencias humanas como la exaltación de las virtudes del protagonista. Las vidas ajenas se explican a través de los detalles, esos «divinos detalles» que decía Nabokov, que resultan tan reveladores. Imagino que le ha pasado así al viajar a través de la vida de Lezama…

Cualquier biografía seria, o que vaya más allá de lo hagiográfico, está obligada a mostrar luces y sombras. Los escritores más notables no dejan de ser personas complejas, imperfectas, a veces paradójicas. Pero no creo que corresponda a un biógrafo hacer juicios de valor sobre una vida ajena. Su trabajo es mucho más difícil, y pasa, como bien dices, por «los divinos detalles»: se trata de investigar y luego organizar esa vida en forma de trama, de hacerla atractiva e interesante, independientemente de las ideas preconcebidas que puedan tener muchos lectores, el llamado «mito del autor».

 

 

Si coloco esa cita de Lorenzo García Vega en la entrada de la biografía es porque revela la alternativa no resuelta de casi cualquier poeta moderno: vate o farsante. Lezama era un escritor muy ambicioso, pero nunca dejó de verse también con algo de ironía. Ese humor tan particular que convivía con proyectos aparentemente descabellados le otorga un atractivo especial a su personalidad creadora. Lo que cita García Vega, uno de sus más interesantes discípulos, es justamente ese doblez: el de alguien que oscila entre la lucidez desencantada que emparenta al poeta con el fingidor, y alguien que sí se cree lo de «Maestro» y se convierte en personaje previsible para no tener que romper con ciertas cosas. Esa teoría, desarrollada en su libro Los años de Orígenes y en otros escritos posteriores, es muy atractiva —sin dejar de tener sus puntos flacos—.

En tanto notario confeso o apuntador de ciertos detalles de la vida de Lezama, García Vega es insustituible. Sin embargo, creo que, como escritor, se quedó entrampado en esa paradoja: para no cometer los errores que le achaca a su maestro, limitó su ambición a una suerte de neurosis permanente. Tenía tanto miedo de hacer el ridículo que se hundió en una experimentación atrabiliaria. Consiguió, eso sí, un tono particular dentro de la literatura cubana, fragmentario, inspirado en el ritornello, un estilo del reverso, como él lo llamaba. Pero no estuvo a la altura de su magister.

-Entre esos detalles que le definían estaba la «dualidad», en la que hace usted hincapié. Lezama está lleno de paradojas. Su supuesta inocencia se confunde a veces con lo que él mismo llamó «la gracia de lo demoníaco», por ejemplo. ¿Cómo se explica esto?

En el prólogo hablo de ese espíritu contradictorio: el catolicismo de Lezama, por ejemplo, roza muchas veces la herejía; su conservadurismo no le impidió celebrar una revolución; su variedad de intereses contrasta con la figura del «peregrino inmóvil»; su estilo hermético convive con el gran conversador… Trato de englobar todo esto en la gran paradoja del escritor antimoderno, razonada por Antoine Compagnon en su famoso libro sobre la literatura francesa.

-¿Por qué resulta tan interesante la vida de Lezama Lima? En ocasiones, es difícil determinar dónde acaba la obra y dónde empieza el personaje. Hay personajes cuya biografía enriquece la obra, dan luz a aquello que expresan y creo que con Lezama pasa esto…

La vida de Lezama carece de aventuras, de peripecias notables (creo que fue en este sentido que él negó muchas veces tener una biografía interesante). Viajó poco, vivió muchos años con su madre, ocultó públicamente su sexualidad… Disfrutaba los relatos rocambolescos de otras personas, viajeros y aventureros sexuales, y sacó buen partido literario de esas vidas vicarias, por así decirlo. Pero la vida privada del propio Lezama ha sido, al mismo tiempo, un relativo misterio. No se sabían los pormenores de la historia de grandeza perdida que marcó su infancia. Hasta su boda, que tuvo lugar a los 54 años y por una recomendación de su madre en el lecho de muerte, no se le conocía pareja. Y las versiones disponibles de su pasado familiar fueron las que él mismo nos dio en varias entrevistas o algún ensayo.

Cuando se volvió famoso, en los años 60, predominó la imagen de alguien encerrado en su biblioteca, cuya erudición iba aparejada con su famosa gula. He dedicado este primer tomo a mostrar otro Lezama: el joven voluntarioso que tiene que lidiar con una historia de rencillas y secretos familiares; el apuesto homosexual que se rebela a su manera contra un mundo de prejuicios; la formación del poeta que descubre lo que es un gran poeta con las visitas a La Habana de Lorca y Juan Ramón, el que diserta en el Lyceum sobre Claudel y Valéry, pero también publica en las revistas de los comunistas… Desde muy joven Lezama empieza a construir su personaje. Hermético, arrogante (como muchos tímidos), poniendo las primeras piedras de una obra que cambiará poco a lo largo de los años, y que suscita innumerables burlas de sus contemporáneos…

No creo haberle sido del todo infiel. Porque aunque subestimaba la biografía, también le interesó mucho el hombre. Hay un pasaje muy interesante de sus diarios en el que pone a dialogar a Montaigne, empeñado en «pintarse a sí mismo», con Pascal, que se burla de «el tonto proyecto que tiene de pintarse» el otro. Lezama imagina ese diálogo como una escena teatral, y dice que Montaigne, como si no hubiera oído al otro, hace un mohín, empuña su vara de alcalde y concluye: «Lo que a mí me ocurre es mi física y mi metafísica». Después explica que Pascal no puede entender tampoco el absurdo proyecto de un Cristóbal Colón, ese heroísmo intelectual renacentista que coloca al hombre en el centro de todas las cosas. Bueno, una biografía también puede dar cuenta de esa centralidad…

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