Relato Político

La Verdad. El Ciclón Invisible

Por El Ciclón Invisible.

Amados,
Rafael Rojas, intelectual cubano que ha sabido emplazar su figura en el intersticio exacto donde la política internacional se vuelve retórica y la retórica aspira a poder, comparece hoy como uno de los operadores más visibles —y más cuidadosamente blindados— del campo literario cubano en el exilio y la diáspora, no tanto por la densidad irrefragable de su pensamiento cuanto por la habilidad con que ha administrado su presencia, su firma y su tono en un ecosistema donde la visibilidad vale más que la verdad y la ubicuidad más que el riesgo.
Su irrupción pública, asociada a Tumba sin sosiego, no fue un simple debut literario, sino la inauguración de una posición, una suerte de gesto fundacional que aspiraba a fijar un modo de leer la historia cubana desde una distancia higiénica, asaz elegante, cuidadosamente desprovista de toda contaminación plebeya, como si la tragedia nacional pudiera convertirse en un objeto de gabinete, susceptible de ser manipulado con pinzas conceptuales, sin mancharse las manos ni comprometer el cuerpo.
Rojas se asemeja, en este sentido, a esos patriarcas de estirpe novelesca que no engendran linajes sino dependencias, que no fundan una casa sino un séquito, y que, lejos de transmitir una herencia viva, administran una tutela perpetua sobre un conjunto de jóvenes escribientes a los que se les concede visibilidad a cambio de lealtad, silencio o, cuando menos, una nonchalance crítica que jamás roce la impugnación frontal; así, entre los infantes ilustrados de la izquierda anticastrista que orbitan en proyectos como Rialta o El Estornudo, Rojas ejerce el rol de mentor encantado, de bibliopola moral, de árbitro último del decoro, convencido de que toda disidencia que no pase por su aduana intelectual es, por definición, ilegítima o excesiva.
Desde hace años, su nombre aparece con una regularidad casi litúrgica en las páginas de ciertos periódicos europeos y latinoamericanos —El País, La Razón de México— donde ha sabido consolidar una imagen de analista ecuánime, de mediador ilustrado que cruza las aguas cenagosas del conflicto cubano con bisturí académico, aunque siempre con el ojo puesto en la pesca mayor, en ese poder blando que se ejerce desde el lenguaje, desde la cita oportuna, desde la prudencia estratégicamente administrada.
Con la irrupción de Trump en la escena política estadounidense, Rojas encontró, además, un nuevo eje de gravitación discursiva, convirtiéndose en una suerte de guardián del antifascismo retórico, dispuesto a enlazar cualquier acontecimiento —una elección, una protesta, una tormenta, un gesto diplomático— con la figura del expresidente, como si su propia subsistencia intelectual dependiera de mantener vivo ese enemigo abstracto, omnipresente, útil, sin necesidad de pruebas ni de rigor empírico, porque en el teatro de la corrección política la insinuación basta y la sospecha cotiza alto.
Su crítica al régimen cubano, siempre presentada como moderada, racional, responsable, no es sino la pieza visible de un ajedrez más complejo, donde las jugadas no se hacen en nombre de la verdad sino de la conveniencia, y donde la ambigüedad funciona como salvoconducto; Rojas ha sabido instalarse en esa zona gris —adarce moral, terreno intermedio— que le permite dialogar con todos sin comprometerse con nadie, desplazarse entre bandos como un agente entrenado en la disociación, tal como lo evidenció su reciente aparición en espacios afines al proyecto de Gustavo Petro, rodeado de figuras cuya biografía política se escribe con sangre, silencios y amnistías negociadas.
No estamos, sin embargo, ante un hombre de acción ni ante un espíritu insurgente, sino ante un mercader del signo, un administrador de discursos que ha aprendido a explotar las rendijas del sistema cultural, consciente de que el exilio cubano, con su carga trágica y su promesa siempre postergada, constituye un campo fértil para quienes saben convertir el dolor ajeno en capital simbólico, la memoria en mercancía y la crítica en una forma de enfeudamiento.
Bajo la superficie pulida de su trayectoria se proyecta, además, la sombra persistente del poder, ese espectro que acompaña a quienes hablan constantemente de libertad sin haber arriesgado jamás su cuerpo, su seguridad o su tranquilidad en la lucha concreta; resulta, cuando menos, revelador que Rojas, tan prolífico en diagnósticos sobre Cuba, nunca haya participado activamente en los movimientos que resisten dentro de la isla, esa Cuba real, flébil y castigada, que en su discurso aparece más como idea reguladora que como experiencia vivida.
Su fidelidad irrestricta a los códigos de la corrección política le ha permitido sortear las críticas más severas del exilio, incluso aquellas que señalan su cercanía con organismos y élites transnacionales que funcionan como plataforma de legitimación y refugio; desde esa posición de confort, ajena al ritmo carcelario y al tiempo roto de la represión interna, Rojas ofrece palabras, diagnósticos, advertencias, pero jamás un gesto que desborde el perímetro seguro de lo permitido.
Su visión de una Cuba futura no es revolucionaria ni emancipadora, sino una proyección tecnocrática, una extensión del consenso neoliberal que se presenta como destino inevitable, donde la crítica al totalitarismo no conduce a la acción sino a la administración del relato, asegurándole un lugar en la historia como testigo autorizado, nunca como protagonista del conflicto.
Con el paso de los años, su figura se vuelve más opaca, más enigmática, no porque encarne una complejidad trágica, sino porque ha perfeccionado el arte de no decir, de callar lo decisivo, de deslizarse entre afirmaciones sin asumir consecuencias; y quizá la clave para entenderlo no se halle en sus libros ni en sus artículos, sino en esos archivos invisibles —oficinas, fundaciones, redes de poder— donde se decide quién habla, quién circula y quién permanece.
Lo que Rafael Rojas ha hecho es, simplemente, sobrevivir, y la historia, si es justa, no lo recordará tanto por sus enunciados como por sus omisiones, por aquello que eligió no ver ni decir, porque su verdadero compromiso, allende toda retórica, ha sido siempre con su propia perpetuación, con la conservación de su lugar en el escenario, mientras otros, menos prudentes y más expuestos, asumían el costo real de la disidencia.
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