Por Gloria Chávez Vásquez.
Desde aquella época en que íbamos a saludar a los Viñas, (Jacinto e Isabelita) que hacían escala en Nueva York —camino a España desde California— la terminal de la aerolínea TWA en el aeropuerto JFK se había convertido en un verdadero laberinto.
La lentitud de Isidro en sus 80s me hacía pensar que era a mí y no a él que lo iba a dejar la vida. La velocidad y la multitud de viajeros habían aumentado de una manera exuberante, reflejando indudablemente, la explosión demográfica. La gente pululaba por todos lados como hormigas desesperadas, con la agitación de que los va a dejar el avión, aunque no tengan que montarse en uno.
Las filas humanas son interminables. Cada que mido sus longitudes pienso en Cuba, en donde la gente debe esperar días enteros en una cola para poder conseguir que comer. Aquí en la tierra del desperdicio, aunque rayemos en los extremos, siempre nos las arreglaremos para exprimir los recursos antes de que falten los artículos de primero necesidad.
Isidro recita sus ahora poco elaborados editoriales, «Estamos cada vez peor. La gente de antes no era así». El mantra que prima en el mundo desde hace años, tantos que ya ni él se acuerda. Lo único es que ahora sus ideas son mas concisas, más recalcitrantes. No hay nada nuevo. Suerte que lo acompaña Platón en su bolsillo. Es quien le da una lógica a las enunciaciones de Carrel o Vargas Vila. En su testarudez no lleva el concentrado de arándano que le despeja el sistema de la gota que le atacó durante las navidades. La misma testarudez que le empujó a comerse la paella y a tomarse el vino que le causo el ataque.
—¡Ah! ¡La enfermedad de los reyes! —se había burlado Eco en su grueso acento indonesio, cuando saludó a su vecino de quince años que marchaba ahora a la Florida.
—¡Un rey sin tierras! — contestó Isidro con el mismo sentido del humor.
—Nos pusimos dichosos—comenta Isa, su hija. —No hay línea para viajar en Carnival, todo el mundo se va por la TWA. Cuando llegamos a consignar la maleta, hay dos empleados para atendernos. Escogemos al joven moreno, de cara agradable. Su amabilidad desconcierta. Ya tomábamos por sentado que el servicio está cada vez peor. El hombre se desvive por atendernos. Pesa la maleta, ofrece ayuda para llevar a Isidro a abordar el avión. Surge un hombre uniformado con una silla de ruedas.
—We’ll take you to the shuttle — Anuncia el asistente.
—¿Qué dijo? — pregunta Isidro.
—Que te llevará al bus que conecta con el avión— le digo y él se niega a creer que exista tal cosa.
Seguimos al hombre por un elevador y luego por las larguísimas salas de espera. La gente viste en serie: maletas, abrigos, gorros, sombreros. El frio se aferra a pesar de la calefacción y un extravagante olor como a mantequilla permea toda la terminal.
En la sección de abordaje hay números a la entrada: 16-17. En la salida hacia el Shuttle hay un tumulto de espera. Isidro todavía se resiste a creer que haya un bus para coger el avión. Isa averigua con los que hacen cola. Está calculando como sentar a su papá en primera.
—¿Tengo que coger bus para ir al avión? —pregunta Isidro alarmado. Se levanta de la silla de ruedas, le da una generosa propina al asombrado ayudante que se marcha planeando lo que va a hacer con el dinero. El gesto de Isidro ha echado a perder la misión “desinteresada” del empleado a sueldo. Pero el viejo quiere recuperar el poder perdido al viajar en silla de ruedas.
Los viajeros esperan impacientes —hablan español, puertorriqueño, cubano, colombiano, inglés, ruso, creole, patoi y todos van para Miami. Cuando alguien da el OK para pasar, la muchedumbre entra en el bus que en un minuto está lleno. Asombrada, me detengo a mirar atrás. Una hindú me grita: —¿por qué no sigue? — le respondo en el mismo tono —¡Porque no hay espacio! Don’t you see?
Isa y un altavoz o una gente con voz de altavoz deciden que hay espacio y nos empujan hacia adentro lo cual dispara mi claustrofobia. Se trata de una especie de vagón alfombrado que huele a mantequilla derretida (¡el mismo olor de la terminal!) creando así la ilusión de que estamos entrando en un teatro.
No hay donde sentarse. Isa va directo al chico moreno que tiene una maleta puesta en un asiento y se la hace bajar para que su anciano padre se siente. Minutos después observo a la pareja de hippies tatuados. El hombre, alcoholizado, lleva una perrita salchicha dentro de una bolsa.
—La tiene para parir?
—¡No! — contesta el hippie ofendido.
—Yo tengo uno igual en casa —dice una mujer.
—Creo que es hora de cambiarle el pañal —exclama el estresado hippie a su pareja.
El individuo parado detrás de mí y aferrado a una maleta con manijas transportadoras se queja, resignado, que ha estado en el aeropuerto desde las 8:30 de la mañana. El vuelo de Seattle ha sido cancelado. Debe hacer conexión con Filadelfia.
El vehículo, injerto de bus con tren, se mueve como una nave espacial a punto de hacer contacto con una estación en órbita. Primero se desconecta de la entrada, luego, desciende a compresión. Un conductor la dirige y el aparato da unas vueltas en ángulo. La gran mayoría de la gente va de pie, como en un atestado bus de los que conmutan para New Jersey. La claustrofobia sería igual a la que produce el Lincoln Tunnel, sino fuera por las enormes ventanas que dejan ver afuera, aviones, transportadores de equipaje, hombres uniformados con herramientas en las manos. Un penetrante olor a gasolina quemada invade la atmósfera. Miro al perrito salchicha que asoma su cabeza por la bolsa de cuero del hippie. La mujer le pasa la mano para que se calme.
Minutos después comienza el proceso en reversa. Cuando sentimos el mecanismo de la conexión, un boricua que hará escala en Miami exclama:
Ladies and Gentleman it’s 97 degrees here in San Juan! —la risa colectiva le premia su oportuno sentido del humor.
Entramos en tropel a la terminal. Afuera una morena uniformada espera a Isidro con una silla de ruedas. Vivaracha, nos lleva a la sala 27 en donde no hay ni un asiento para descansar del trajín, pero la mujer conecta de inmediato a Isidro con su vuelo.
—¡Despídanse aquí! — dice en inglés— kissi kissi…
—No le des propina papi— le dice Isa— ella es una empleada a sueldo.
— No. Désela, —insisto. Si le dio al hombre ¿cómo no le va a dar ahora a la mujer que ha sido más cariñosa? de todos modos no hay que dar propina por el servicio, Isidro. Ellos ganan más dinero que los maestros en este país. ☘
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