Cultura/Educación

DLA. Néstor Arenas: las formas del milagro

Por Zoé Valdés/Diario Las Americas.

En el centro de la brisa que recorría el Malecón pudo habitar o levitar Néstor Arenas, pintor de la memoria del agua, visionario de lo cubano universal entre los pliegues de la distancia entre una sábana, la llovizna y el sol que después la blanqueaba secándola. A veces, al observar sus obras, uno imagina que oye el rumor del mar cuadriculado en la lejanía, en una Habana desterrada de las inundaciones, el azul se desangra sobre la tela como si la belleza antigua de la ciudad se convirtiera en marea y más tarde en tibia pincelada. Arenas no pinta eternidades: las sueña. Sus trazos son un conjuro, un intento por fijar ese instante en que la luz y el olor a salitre se resisten al olvido.

El arte de Néstor Arenas es fuga, exilio pensado, y sin embargo, permanencia. No se trata de una partida física, sino de la grieta abierta entre el ser y el recuerdo, entre la real Cuba y la Cuba que se lleva a cuestas, como un farol encendido en la espesura de la otra orilla. Cada cuadro es una carta sin destinatario, un poema donde la identidad se desgarra y se recompone: “¿Quién soy cuando pinto?”, pareciera preguntarse, y en la respuesta habita la voz de todos los que han tenido que dejar atrás lo amado por perdido.

Me identifico con él, como yo Arenas es un tejedor de ausencias, un hacedor de tapices a Son Seul Désir (A su sólo Deseo), como en los seis tapices medievales de La Dama con Unicornio, en el Museo Cluny, en París. Su obra es un acto de indiferencia creativa (desde la indiferencia impuesta es como mejor se crea), desde el desinterés de lo habitual, donde el color se convierte en palabra pródiga y la palabra en un país más imaginado por anhelado. El exilio no es sólo geografía, es un estado del alma, un modo de mirar la vida tras el cristal empañado por una lluvia fosforescente que nunca deja de caer, cual caleidoscópica ambición.

Hay una sensualidad amarga en la paleta de Arenas, un deseo de atrapar el instante y hacerlo eterno, semejante al beso que nunca se da. El azul, profundo y mineral, se mezcla con ocres y verdes que huelen a patio húmedo, a guayaba madura y a café humeante sobre la mesa. Sus figuras, tan humanas incluso sin proponérselo, a veces arquitecturas fantasmales, flotan en escenarios donde la realidad se disuelve en ensoñación…

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