Por Foto y texto: Carlos Manuel Estefanía.
Querida lectora, querido lector,
Te escribo otra vez desde Botkyrka, un municipio al sur de Estocolmo que esta semana ha quedado cubierto por una nieve tan bella como implacable. Enero aquí no es solo una estación: es una prueba. Al cuerpo, que una vez llegado a casa no quiere volver a la calle. claro, pero sobre todo a la organización de la vida cotidiana. Y también, si uno mira con atención, es una buena metáfora de este país: todo parece tranquilo, blanco, ordenado… hasta que empiezas a escarbar un poco.
La semana del 17 al 24 de enero de 2026 ha sido intensa, aunque no siempre ruidosa. En lo local, en lo nacional y en lo internacional, Suecia ha vivido una mezcla curiosa de gestión diaria, buenas noticias discretas y episodios que parecen sacados de una novela de espionaje.
Empiezo por casa. El jueves 22 de enero se anunció que Botkyrka fue elegido como el segundo “Municipio de Sostenibilidad del Año 2025” en toda Suecia. Para que se entienda el peso de esto: Suecia tiene casi 300 municipios y este reconocimiento lo otorga un jurado nacional. En el caso de Botkyrka, el motivo principal fue que los derechos de la infancia están integrados de forma obligatoria en la toma de decisiones políticas. Aquí, cuando se planifica una escuela, un barrio o una línea de autobús, hay que responder por escrito cómo afectará eso a niños y adolescentes. No es poesía, es burocracia bien pensada. Así entiende Suecia la sostenibilidad: menos discursos verdes y más estructura social a largo plazo.
Pero basta salir del ayuntamiento para que la teoría se enfríe, literalmente. Las fuertes nevadas de la semana pusieron a prueba al municipio. Hubo un despliegue grande de limpieza, sí, pero en muchas calles secundarias el hielo se acumuló y la movilidad se complicó. Aquí apareció una voz que se volvió símbolo del malestar: Peter Sellen, conductor de autobús, que denunció que la limpieza de nieve —gestionada por empresas privadas— fue insuficiente. Usó una palabra muy sueca y muy gráfica: glaciäris, “hielo de glaciar”. Según él, conducir así es “un infierno” y afecta la puntualidad del transporte público, algo grave en un país donde la gente organiza su vida por minutos. Resultado: vecinos revisando aplicaciones cada mañana antes de salir de casa.
No todo fue cuesta arriba. En Fittja, uno de los barrios más golpeados históricamente por la segregación y el crimen, llegaron cifras que llaman la atención incluso a los más escépticos. La criminalidad bajó un 48 % respecto al año pasado y un 72 % comparado con 2023. La policía local y líderes comunitarios como Magnus Nylund —una figura que trabaja de puente entre vecinos, asociaciones y autoridades— atribuyen esto a la presencia constante y a la ofensiva contra el tráfico de drogas en el centro del barrio. Más allá de los números, hay otro dato clave: la sensación de seguridad entre los residentes subió del 68 % al 80 %. En Suecia, cómo se siente la gente es casi tan importante como lo que dicen las estadísticas.
La cultura también tuvo su momento. Douglas “Dogge Doggelito” León, rapero sueco de origen latino y criado en Alby, estrenó el 24 de enero su documental Första blatten på månen en el Festival de Cine de Gotemburgo. Dogge fue una figura central del hip-hop sueco en los años noventa y sigue siendo, hasta hoy, un personaje muy querido. El documental habla de sueños rotos, de la relación con su padre, de la fama y de la revancha personal. Gran parte está filmada en Alby, porque Dogge nunca se fue del todo. Aquí se le sigue viendo como “el vecino famoso”, y eso explica por qué su historia sigue resonando.
La vida comunitaria, pese al frío, no se detuvo: teatro infantil en la biblioteca de Tullinge, cursos de esquí de fondo en Lida friluftsgård, actividades pensadas para que el invierno no encierre a todo el mundo. En lo administrativo, la empresa municipal de vivienda lanzó “Bostad-Bums”, un sistema que permite alquilar ciertos apartamentos renovados por orden de llegada, sin puntos ni listas de espera. Es una respuesta rápida para personas con necesidades urgentes de vivienda. No soluciona el problema estructural, pero alivia casos concretos.
Antes de salir de esta Botkyrka nevada, una nota triste pero necesaria. En Rönninge torg, ya en el vecino municipio de Salem, el ayuntamiento comenzó a retirar, con extremo cuidado y en diálogo con la familia, las velas y flores colocadas en memoria de una joven asesinada durante las pasadas Navidades. Es un gesto administrativo, sí, pero también simbólico: el cierre físico de un duelo que sigue muy vivo en la memoria del barrio.
Y mientras aquí hablamos de nieve, autobuses y vivienda, Suecia ha estado mirando al mundo con el ceño fruncido. La semana comenzó con tensión internacional por la llamada “crisis de Groenlandia”. El presidente estadounidense Donald Trump amenazó con imponer aranceles a varios países europeos, incluida Suecia, si Dinamarca no negociaba la soberanía de la isla. Tras una respuesta coordinada de Europa y negociaciones en el Foro Económico Mundial de Davos, el 21 de enero, Trump dio marcha atrás. Los mercados respiraron, la corona sueca se fortaleció y quedó claro lo dependiente que sigue siendo Europa de los vaivenes de Washington.
Pero lo más inquietante vino del lado del silencio. Säpo —la policía de seguridad sueca, algo así como una mezcla de FBI y contrainteligencia— confirmó una investigación que dejó a muchos boquiabiertos. Se descubrió una red de monjas ortodoxas rusas, activas en más de 20 iglesias suecas, con vínculos directos con el GRU, la inteligencia militar rusa. Las iglesias, situadas cerca de infraestructuras sensibles, funcionaban como puntos de observación. Además, se recaudaba dinero mediante la venta de objetos religiosos con el símbolo “Z”, destinado a apoyar la guerra rusa en Ucrania.
No hubo redadas espectaculares ni arrestos televisados. Säpo actuó a la sueca: vigilancia, cierre de canales financieros, coordinación europea y un mensaje claro pero sobrio. En un país que basa su modelo social en la confianza, descubrir que esa confianza fue usada como cobertura es quizá lo más perturbador de todo.
A eso se sumaron otros datos duros: un informe que estima que la economía criminal mueve en Suecia unos 352 mil millones de coronas al año —cerca del 5 % del PIB—, el hallazgo de una bomba casera en una escuela de Rättvik y la detención de un joven de 18 años. Todo esto en un país que, desde fuera, sigue siendo visto como un oasis de calma.
También hubo luz, porque Suecia nunca es solo tensión. En Kiruna se realizó el impresionante traslado por carretera de su histórica iglesia de madera, de 672 toneladas, debido a la expansión minera. El compositor Ludwig Göransson volvió a triunfar a nivel internacional. La selección masculina de balonmano arrasa en el Euro 2026. Y Lotta Engberg, figura clásica de la televisión, rompió récords al alcanzar 296 programas como presentadora de Bingolotto.
Así termina la semana. Entre nieve y espionaje, entre gestión municipal y amenazas globales, Suecia sigue siendo un país menos perfecto de lo que se imagina, pero más interesante de lo que parece. Y desde este rincón al sur de Estocolmo, seguiré escribiéndote, carta tras carta, para intentar explicarla sin mitos, con contexto y con los pies bien puestos en la nieve.
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