Foto y texto: Carlos Manuel Estefanía
Regresé de Miami con la ingenua convicción de que el mundo aún podía explicarse mediante un contraste térmico elemental: calor allí, frío aquí. Una lógica sencilla, casi infantil. Suecia se encargó de desmantelarla en cuestión de minutos. No lo hizo con palabras, sino con una nevada inmisericorde, de esas que no solo cubren el suelo, sino que reorganizan el sentido. Al salir de Arlanda, el blanco no era paisaje: era una tesis. Y en Botkyrka, donde vivo, en las afueras de Estocolmo, esa tesis adquirió una forma social concreta.
Porque esta no fue una nevada cualquiera. Fue una que obligó a contar y a medir: cuarenta centímetros en Norsborg, autobuses varados en la pendiente de Nibblevägen, conductores que se niegan a detenerse en ciertas paradas —o directamente a trabajar—, paralizando durante horas un sistema de transporte que siempre había sido el salvavidas del viajero cuando el tren se detenía. El invierno sueco, cuando se vuelve serio, deja de ser una estación y se transforma en un examen de la capacidad del Estado para gestionar la contingencia. Esta vez, algunas preguntas quedaron sin responder.
Mientras la nieve interpelaba a los municipios, Suecia en su conjunto cruzaba un umbral más amplio. Enero de 2026 no ha sido un mes de transición, sino de reformulación. El país, como Botkyrka, parece haber asumido que la época del margen terminó; que el mundo ya no tolera ambigüedades cómodas.
En el norte, donde el frío se vuelve geopolítico antes que meteorológico, Groenlandia reapareció en el centro del tablero internacional. “No está en venta”, afirmó su primer ministro. Pero el simple hecho de tener que enunciarlo revela el nuevo clima estratégico. Suecia, ahora plenamente integrada en la OTAN, respondió no con retórica, sino con presencia: oficiales desplegados en la Operación Arctic Endurance, una coreografía de disuasión compartida con Francia, Alemania, el Reino Unido, Noruega y los Países Bajos. La defensa ya no es una abstracción moral; es rotación, inteligencia, coordinación. Lo inquietante es que, en esta nueva guerra fría que asoma, la amenaza ya no proviene del oriente, sino de quien hasta ayer era el aliado incuestionable desde occidente. Vivir para ver.
En paralelo, el Estado anunció inversiones que parecen escritas en otro registro narrativo: quince mil millones de coronas para la defensa aérea territorial y mil trescientos millones para ampliar la vigilancia espacial mediante nuevos satélites. Desde Botkyrka, donde se evacúan escuelas por moho, esta simultaneidad resulta casi irónica: edificios que ya no respiran y satélites que lo observan todo.
La nevada se convierte así en una metáfora precisa. Mientras el país se blinda hacia afuera, se endurece hacia adentro. Desde el 1 de enero, el contrato social sueco ha sido reescrito con trazos más severos. El asilo ha descendido a su nivel más bajo en cuatro décadas. Se incentiva la repatriación con cifras que antes habrían parecido impensables. El sueco para inmigrantes deja de ser un proceso abierto y se transforma en una carrera contrarreloj. Integrarse ya no es solo un derecho: es una obligación cronometrada y digital, en un país donde la burocracia exige competencias tecnológicas que no todos poseen.
En lugares como Botkyrka, estas reformas no son abstracciones: se sienten. Dialogan de manera tensa con realidades locales marcadas por el delito, la desigualdad y la fatiga institucional. La cadena perpetua dictada contra un joven de dieciocho años en Alby no es solo una sentencia penal; es el síntoma de una justicia que endurece su lenguaje al mismo ritmo que la nación redefine sus fronteras simbólicas. La posibilidad de revocar la ciudadanía a líderes criminales con doble nacionalidad deja de ser un debate teórico cuando la violencia tiene nombre de barrio.
En el plano económico, Suecia ofrece cifras alentadoras: crecimiento del PIB, inflación controlada, alivios fiscales en alimentos y electricidad, ampliación de la cobertura dental para personas mayores. Pero incluso aquí la nieve recuerda que el terreno no es homogéneo. Ericsson despide a miles. El mercado hipotecario sigue congelado, a la espera de una relajación que promete movimiento, pero no confianza. La estabilidad macroeconómica convive con una inquietud cotidiana que en Botkyrka se manifiesta en protestas menores —como la huelga de billetes—, gestos pequeños que revelan un malestar más profundo.
Y está, por último, lo invisible. La nueva ley de ciberseguridad entra en vigor a mitad de mes, obligando a sectores esenciales a reportar incidentes y gestionar riesgos. Ataques que no crujen como la nieve bajo las botas, pero que pueden paralizar hospitales y sistemas enteros. Cuando se cuestiona la ética de la psiquiatría privatizada, los informes inflados o la mercantilización del cuidado, no se habla solo de salud mental: se discute la confianza en la arquitectura misma del Estado.
Incluso el deporte y el medio ambiente parecen acompasarse con este tono de época. Malmö acoge un campeonato europeo de balonmano libre de plásticos mientras el país asimila la desaparición definitiva de cientos de glaciares. Se vuelve a permitir la minería de uranio en nombre de la soberanía energética, aunque el paisaje —como la nieve— recuerde que toda decisión deja huella.
Contar esta nevada, entonces, implica no reducirla a un parte meteorológico. Es un acontecimiento narrativo total. La nieve cae al mismo tiempo que caen certezas. Cubre las calles, pero también invita a mirar lo que hay debajo: infraestructuras cansadas, instituciones tensas, un país que se reconfigura bajo la presión de un mundo inestable.
Mientras la nevada parece retirarse, dejando su blancura manchada de barro y escarcha solo para volver a imponerse cuando menos se la espera, se hace evidente que 2026 —al menos para mí— quedará marcada no solo por un frío inusual, sino por todo aquello que, tanto en Suecia como en el mundo, ha cambiado de forma inesperada e implacable, con la misma persistencia silenciosa de la nieve que me cubre desde que regresé de mis vacaciones floridanas.
Carlos M. Estefanía es un disidente cubano radicado en Suecia.















