Por Carlos Manuel Estefanía.
Enero de 1851. La Habana, joya tropical y capital cultural de un imperio insular que respiraba ópera, esperaba con un aliento contenido la llegada de un fenómeno europeo. Jenny Lind, la “Ruiseñora Sueca”, cruzaba el Atlántico tras haber sido moldeada por la brillante maquinaria publicitaria de P.T. Barnum en Nueva York. Pero el aire del Caribe no se dejaba impresionar por el artificio; aquí, en los palcos del Teatro Tacón, se sentaba un público cosmopolita, educado en la música italiana, escéptico ante la fama y dispuesto a premiar la excelencia con su aplauso, no con la ovación automática.

Un espejo musical: La Habana frente a Nueva York
El repertorio de Lind llegó como un puente entre continentes: la esencia de la gira norteamericana ajustada al pulso refinado del Caribe.
El núcleo operístico: Arias de Norma, La Sonnambula y La Fille du Régiment formaban el corazón del programa. Para Lind, seguridad; para los habaneros, instrumentos de medida con los que calibrar la técnica de la diva, en una ciudad donde la ópera era pasión cultivada y conocimiento compartido.
Baladas y sentimentalismo: Home, Sweet Home y The Last Rose of Summer sonaban como ecos de nostalgia y civilidad europea. Mientras en Nueva York cerraba con himnos patrióticos como Hail, Columbia, en La Habana el gesto final fue la caridad: la recaudación de la última función destinada a obras sociales, convirtiendo la música en acto tangible de generosidad.
El factor exótico del norte: Las canciones populares suecas adquirieron en el Caribe un matiz de exotismo nórdico, frío y delicado, que fascinaba a un público habituado a la opulencia y la sofisticación, y que disfrutaba de todo lo que llegaba de Europa con ojos curiosos y paladar exigente.

El duelo de voluntades: Lind frente al público y la prensa
Aquí no había aplausos de cortesía. Nadie ovacionó a Lind al entrar; querían que se ganara su respeto con cada nota. Y ella lo hizo. Sus primeras arias estallaron como ráfagas de cristal puro, y el Teatro Tacón se transformó en un río de flores, abanicos y vítores.
La crítica, encarnada en el Diario de la Marina y La Habana Elegante, pasó del recelo al asombro: el pianissimo de Lind y su “pureza de alma” fueron alabados como un fenómeno natural. Algunos señalaban que el repertorio era “poco novedoso” en una ciudad que respiraba ópera; otros, simplemente, reconocieron un milagro que desbordaba técnica, sensibilidad y encanto.
Los colaboradores: el arte que respalda la grandeza
Lind no caminaba sola en la tarima:
- Julius Benedict, director alemán, la acompañaba al piano con intuición casi telepática, guiando a la orquesta con firmeza elegante.
- Giovanni Belletti, barítono italiano, se convirtió en su contrapunto ideal en duetos de I Puritani, calificado por la prensa local como artista de “primer orden”.
- La Orquesta del Teatro Tacón, formada por músicos locales, irradiaba brío y virtuosismo, recordando a los visitantes que La Habana no solo escuchaba música: la respiraba.

El precio de la exclusividad: lujo y poder
Presenciar a Lind en el Tacón era un privilegio reservado a la aristocracia ilustrada: un desfile de joyas, abanicos de encaje y gestos de buen gusto. Mientras en Nueva York Barnum ofrecía entradas de 2 a 3 USD, en La Habana oscilaban entre 5 y 10 pesos de oro. Para un obrero, esto equivalía a la mitad de su salario mensual. Cada concierto era un escaparate de poder y refinamiento, donde el cosmopolitismo y la educación musical se entrelazaban con el brillo del estatus social.
Mitos y realidades: ¿influencia cubana?
A pesar de rumores, no hay evidencia de que Lind incorporara ritmos locales como la contradanza o la habanera. Su estancia, breve y rigurosamente estructurada, la mantuvo fiel a la tradición europea: llegó como embajadora de la música clásica y se marchó dejando intacta la distancia entre su norte nórdico y el Caribe ardiente.

Conclusión
Jenny Lind no solo cruzó el Atlántico: cruzó mundos. Su técnica perfecta y su sensibilidad cautivaron a la élite; su generosidad conquistó a la sociedad. Se marchó sin cantar una nota criolla, pero dejando un legado imborrable: fue la primera superestrella global que logró enamorar no solo la oreja, sino también el corazón de una ciudad cosmopolita, refinada y amante del buen gusto, que entendía la ópera como arte y civismo. La Habana, en aquel enero de 1851, se mostró como un escenario de mundo, donde Europa y el Caribe se encontraban bajo un mismo techo de éxtasis musical.
—
”La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan”
Visita las secciones de Cuba Nuestra en
https://tertuliastockholm.wixsite.com/tertulia/inicio
http://cubanuestrasecciones.wordpress.com/
https://www.youtube.com/user/CubaNuestra
https://www.facebook.com/CubanuestralaprimeradeEscandinavia















